“Tomar taxi”, el eterno consejo de los cariocas

Pensaba que los colombianos éramos mega paranoicos con la seguridad pero la conclusión, después de esta primera visita a Rio de Janeiro, es que los cariocas nos ganan y su consejo favorito no es visitar esto o aquello sino “tomar taxi”.

Más de diez veces en una semana larga, nos repitieron a mi compañera de aventuras y a mí, que tal o cual sitio adonde queríamos llegar era “muito perigroso”, por lo que debíamos evitarlo (y por tanto, restringirnos casi que exclusivamente a las famosas playas de Ipanema o Copacabana).

Ipanema, uno de los pocos lugares que los cariocas recomiendan a ojo cerrado
Ipanema, uno de los pocos lugares que los cariocas recomiendan a ojo cerrado

Ante tanta insistencia, tuvimos nosotras mismas -las recién llegadas, las turistas- que ponernos a la tarea de convencerlos de que el sitio era muuuuy visitado por extranjeros, así que no podía ser tan terrible.

Al final, al notar esas ganas de ver algo más que playa y arena, los escépticos terminaban cediendo un poco, aunque siempre con la misma advertencia: “lo mejor es tomar un taxi“.

Eso nos sugirieron por ejemplo, en el cuarto o quinto día del viaje, en Petrópolis, la ciudad imperial. Después de visitar los museos, decidimos ir a un santuario que quedaba en una montaña. Cuando subíamos y a pesar de que la arquitectura no cambiaba, notamos que las calles iban quedando vacías.

Una pareja que pasó en una moto nos preguntó entonces qué hacíamos solas caminando por ahí, si –nuevamente- eso era “muito perigroso”. Y llegaron a la conclusión del taxi, pero como estábamos a casi dos calles, decidimos tomarlo sólo a la bajada.

Al terminar la jornada y volver al terminal de buses de Niteroi, a las afueras de Rio, donde nos estábamos quedando, nos recomendaron lo mismo para llegar a nuestra dirección. Aunque eran apenas las 7pm y en los alrededores se veía aún iluminado, nuestra consejera de esta vez insistió en que era mejor evitar porque una que otra calle estaba “deserta” y no se sabía qué podía pasar.

Sin embargo y a pesar de tanta prevención, intentamos intercalar el transporte público con los famosos taxis. Así, seguimos nuestras visitas y el último día lo reservamos para visitar un barrio bohemio que nos habían descrito como similar al Montmartre de París: el Santa Teresa.

Entonces, cuando unas cariocas que habíamos conocido recientemente nos propusieron tomar algo con ellas, sacamos la carta del Santa Teresa para verlas y a la vez, visitar la zona. La respuesta fue tan contundente que por supuesto, nos puso a dudar.

Ese sitio también era “muito perigroso”. Sólo podíamos ir en taxi (porque por allá no iba nada más, decían) y si subíamos, era sólo a tomarnos la foto, porque el taxi nos debía esperar ahí mismo.

Obviamente, al ver su reacción, desistimos de ir (me imaginé en un fuego cruzado dentro de un taxi que subía por las favelas). Al final, quisieron llevarnos a un museo y cambiamos de plan.

(Esa misma noche, mi amiga, que es francesa, habló con una compatriota suya residente en Rio y resulta que vivía en Santa Teresa, por lo que nos arrepentimos enormemente de no haber ido).

Las escaleras de Lappa, donde supuestamente era muy peligroso ir
Las escaleras de Lappa, donde supuestamente era muy peligroso ir

Después del museo, les dijimos entonces que queríamos conocer las escaleras del barrio de Lappa (que ya me las había recomendado un amigo colombiano). Otra vez, rechazaron la idea porque temían por su “segurança”, pero nos sugirieron a ambas ir en taxi si teníamos tantas ganas de ir, para variar.

Así terminamos llegando al sitio, en el que encontramos una multitud de turistas, llenas de orgullo por no habernos dejado llevar en esa última ocasión por la paranoia.

¿Siempre así?

Para algunos cariocas, los atracos se convirtieron en pan de cada día este año. Sin embargo, cuando vienen grandes eventos, según ellos, la policía abarca hasta el último rincón de la ciudad. Después de eso, vuelve a ser Ciudad Gótica.

Como nunca nos robaron en Río, sino que por el contrario, los desconocidos nos guiaban y hasta se preocupaban por nosotras (y la amabilidad se respira entre su gente) al final no supimos qué tanto hay de fantasía y qué tanto de realidad sobre esa sensación de inseguridad. O al menos, al punto de aconsejar masivamente a los turistas quedarse entre cuatro paredes durante su estadía en la segunda ciudad de Brasil.

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