Subir al Huayna Picchu, lo mejor de la trilogía

Vista del Machu Picchu desde el Huayna Picchu
¡¡Como sentirse en los cielos!!

Dicen que de las trilogías, las segundas o terceras partes nunca se igualan a la primera pero en este caso, la subida al Huayna Picchu se supo mantener al nivel de la miniserie “Miedo a las alturas”.

Precedida por las dunas del desierto de Ica y por el espantoso vuelo para llegar a Cuzco, esta vez, se trató de subir escaleras donde no cabía el pie -y si te caes, vas al abismo-, pero también de admirar Machu Picchu desde los cielos, mientras acaricias las nubes.

Así, Huayna Picchu – la montaña al fondo de las fotos que todo el mundo tiene de Machu Picchu -, casi que mencionaba nuestro nombre. Y nosotras (tan”rogadas”) acudimos a su llamado. Obvio, también porque habíamos reservado la entrada por internet un mes antes y no la íbamos a perder. Así que el día indicado, atravesamos a toda máquina Machu Picchu -sin tiempo para hacernos ni una ‘selfie’- y fuimos directamente al pie de este gigante, en un punto del parque arqueológico que no todos los turistas conocen. Lo único que ocupaba nuestros pensamientos era esa montaña, como Homer Simpson cuando piensa en rosquillas, sólo que  nosotras repetíamos mentalmente Huayna Picchu… Huayna Picchu…

Mi amiga hizo el intento de subir pero no pudo porque se torció el pie justo antes del viaje, así que de nuevo, tuve que enfrentarme sola con mis demonios. La subida comenzaba. Las escalas eran desiguales, no muy anchas. A veces había que subirlas de lado porque, como buena “liliputiense”, mi pie no cabía. Los incas que tallaron la piedra definitivamente no calzaban 41, a juzgar por el tamaño de los escaloncitos.

En la subida, el abismo al otro lado de la escalera no es tan grave. Casi ni se ve porque la vegetación lo cubre y además, hay barandas pegadas a la montaña, así que por momentos haces notas mentales al estilo “hombre, pues tampoco es tan difícil”. Y de vez en cuando, ves los rayos de luz que se asoman, muestra de que llegas a zonas despejadas: son las terrazas que dan al vacío, donde la vista es imponente, inmensa… tan irreal y sin embargo tan cercana: allí, justo al frente… ¡Sublime!

En las zonas de claridad después de subir entre la maleza, las reacciones son las mismas: turistas boquiabiertos que simplemente dicen “¡wow!” y otros que se toman mil fotos con el Machu Picchu en miniatura detrás – de las cuales, pocas quedan bien-. En mi caso, intentaba ejercer un fuerte autocontrol para no llorar pero al final los ojos desobedecieron. Nunca había visto algo similar. Tan increíble, tan bello… nada de esto se siente al ver las fotos. Hay que vivirlo.

Después de unos minutos en las terrazas, te esperan más y más escaleras. Subir y subir y subir… hasta que llegas a un túnel, por el que debes pasar casi a rastras para volver a salir a la luz (insisto, ¡los incas eran muy bajitos!). Saltar de una piedra a otra y detenerse un buen momento porque ya no hay más para dónde ir: estás arriba de todo, de los 2.700 metros de la “Montaña Joven”. Los demás se hacen lluvia de ‘selfies’ mientras me arrepiento mil veces de no haberme comprado una Go Pro antes de viajar. ¡En fin! Disfrutar el momento, tocar esa textura rocosa de la cima, ponerle el ‘tele’ a la cámara y disparar desde allá arriba. Paz absoluta.

Algo que se acabaría a la hora de bajar porque, además de que no quieres dejar semejante panorámica, las escaleras sin vegetación te hacen estar plenamente consciente de que si resbalas y caes, ¡adiós al amigo!

Bajando, la cámara fue mi compañía y filtro para el miedo. Entendí cuando amigos periodistas gráficos me cuentan cómo hacen para ver escenas dantescas y no dejarse afectar mientras hacen su trabajo: ella los protege. El lente me tomó de la mano y me llevó abajo de nuevo, para llegar, ahora sí, a detallar las ruinas de Machu Picchu, su montaña escalonada, sus templos del sol y del cóndor, su sistema de riego…

A veces piensas cómo pudieron los incas construir este santuario tan arriba, tan perdido entre las montañas. La respuesta está ahí mismo: valía la pena. Es el paraíso en vida.

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