San Francisco y 20 horas de escala hacia Singapur

El tiempo solo alcanzó para una minúscula parte de San Francisco pero esta primera parada relativamente larga cumplió su función: ¡Empezar con pie derecho la aventura en la que tengo embargados cuerpo y alma!

¿Por qué San Francisco? Pues resulta que de esta bella ciudad despegaban los vuelos más baratos que encontré hacia el sudeste asiático (saliendo desde Colombia). Como de todas formas iba a pasar por la zona, busqué la escala más larga posible. ¿Iba a privarme de pisar su suelo y enfrentar su viento? No way!!!

Llegué entonces desde Los Ángeles a la ciudad del mítico Golden Gate Bridge, a la medianoche del domingo, hora local de la costa oeste de los Estados Unidos. La capital de Hollywood había sido mi primera escala norteamericana, luego de volar 420 minutos desde Bogotá (costaba menos por esa ruta, que directamente de la capital colombiana a San Francisco).

Obviamente, antes de llegar hubo una investigación previa. No tanto por miedo a perderme: hacerlo en Estados Unidos es difícil si hablas inglés porque los “gringos” siempre están dispuestos a ayudarte – o al menos así ha sido en mi caso, desde que pasé una temporada en la costa este hace ya años –.

La investigación fue entonces para reducir los costos al máximo y una de sus conclusiones era que debía dormir en el aeropuerto porque salir a un hotel, o incluso buscar una cama en alguno de los locales allí mismo, me iba a salir por un ojo de la cara.

Dormir en el aeropuerto de San Francisco fue súper cómodo

Y pese a las chocheras de vieja… conseguí un sofá totalmente plano, donde instalé mi kit de almohadita de viajero, sleeping bag, antifaz y tapones para los oídos. Abrazada a mi maleta pequeña, no dormí como un bebé pero sí repuse energías para la “patoneada” que se venía.

Me levanté entonces luego de unas cinco horas, dejé la maleta en un locker (que me costó unos dolorosos 20 USD en Travel Agency Airport) y salí hiper eufórica a conocer todo lo que pudiera de nueve de la mañana a las siete de la noche, cuando debía estar en el aeropuerto de regreso.

  1. Primer puente y primer fiasco

Para ir al Golden Gate, me recomendaron tomar un BART (una especie de tren de cercanías, como el RER de París) hasta la parada “Embarcadero”. Unos 40 minutos por casi 9 USD en los que también hubo tiempo de escuchar a un mendigo “gringo” que, sin duda, no pronunció el tan escuchado “disculpen por quitarles cinco minuticos de su apreciado tiempo”, como sería en colombiano.

Embarcadero está en el distrito financiero de la ciudad, así que al bajar… ¡Sorpresa! ¡Qué orden! (A veces nos acostumbramos tanto al caos que ya nos termina pareciendo normal).

El distrito financiero de San Francisco

Instantáneamente fui hacia el puerto y vi un primer puente… gris. ¿Sería ese? Hmm pero me habían dicho que quedaba lejos y debía tomar un bus hasta el Golden Gate. Entonces, ¿cuál era? Pues el San Francisco – Oakland Gate Bridge

  1. Treinta y nueve puertos para verlo

En el mapa se veía aparentemente fácil llegar al Golden Gate caminando por la calle de los puertos: Embarcadero. Así que fui del uno al 39, con una parada técnica a abastecerme de agua y una fruta. Por fin entendí por qué me lo habían recomendado tanto: lleno de tiendas, restaurantes, pero además un gran muelle desde donde se veía la antigua prisión de Alcatraz y a lo lejos, el famoso puente.

Antigua prisión federal de Alcatraz
Me encanta aprender de historia cuando viajo, aunque no alcancé a conocer Alcatraz por dentro

Además, hay un escándalo para reírse por horas que proviene de los leones marinos que se echan al sol, se quejan, y se pelean entre ellos por bobadas como que uno le quitó el puesto al otro, como si de humanos se tratase.

Y no podía dejar pasar por alto este letrero memorable: Bubba Gump Shrimps!!! O sea, ¿a quién no se le quedó ese nombre después de ver varias veces el “clasicazo” de Forrest Gump? ¡Requería selfie!

  1. Camisetas de “Pablo” 

Comí en un McDonald’s (hamburguesa de pollo sola por 6 USD aunque las papas y la gaseosa las eliminé más para evitar el cargo de conciencia), y seguí caminando hacia la calle donde salía el bus (ya había visto que una cosa era el mapa y otra, la distancia real). Pero un detalle me hizo detenerme en las tiendas de souvenirs…


Me acerqué a una a chismosear a ver en cuánto las estaban vendiendo y valían 25 USD. “¿Quieres probártela?”, me preguntó el vendedor. Se debió notar cómo mi cara cambiaba de color porque reculó. Al disculparme, le expliqué que para nosotros el mercadeo de un bandido como Pablo Escobar era una ofensa (Netflix: gracias por recordárnoslo día y noche, y ahora en todo el mundo).

“Entiendo lo que han sufrido en Colombia. Lastimosamente, así es el marketing. Y así funciona en el país que eligió a Donald Trump”, respondió. Me indicó por dónde seguir y así terminé por fin en la parada del bus 28.

4. De nuevo, la amabilidad

Para pagar el bus eléctrico debía tener sencillo porque no daban vueltos, me advirtió el señor de las camisetas. Pero ya estaba allí, se me había olvidado cambiarlo en el Mc Donald’s y la verdad… me daba una pereza infinita volver a bajar.

Entonces, tocó emplear el viejo truco: ¡Hacer cara de ternero degollado! Y surtió efecto porque el conductor, súper amable también, me lo dejó por las monedas que tenía a la mano, que hacían la mitad del pasaje.

5. Puente majestuoso

Me bajé del bus y lo tenía al frente: ¡El puente rojo! Altísimo, largo, súper transitado… majestuoso. Allí pasé como una hora. Lo fotografié, lo recorrí, lo toqué, lo amé. ¡Demasiado! Me faltó pellizcarme para comprobar que realmente estaba allí.

5. Rumbo a los hippies

Aproveché los 90 minutos de gracia del bus para terminar entonces en la intersección de la calle Haight y Ashbury, cerca al Golden Gate Park, donde nació la contra-cultura norteamericana en los años 60.

Llena de color, la intersección de Haight y Ashbury es pura psicodelia

Un aspecto muy diferente al que había notado en la mañana en los puertos, pero igualmente enriquecedor en cuanto a la historia de los Estados Unidos.

La zona donde parece haber más indigentes por metro cuadrado que en el resto de la ciudad se ve además de otra dimensión. No solo por esto, sino por las tiendas y nubes de marihuana que hacen parte del recorrido, teniendo en cuenta que su consumo tanto recreativo como medicinal es legal en el Estado de California.

Sin dejar pasar las hermosas casas de los altos, claro, que me remontaron a la infancia, al tener un aire a aquellas de la serie Full House.

6. El zigzag de Winding Street

La calle más enrevesada del mundo en tan poco espacio

Desde Heights y Ashbury, estaba más cerca a Castro y a Mission District peeeero… se me hacía de noche para alcanzar a ver la Winding Street. Así que la prioricé porque además, ya se acababa el tiempo de gracia del bus. Igual no alcancé a tener la luz del día pero sí me pareció curiosa.

  1. Destino final

Y me quedaron faltando muchísimos más sitios!!! El Castro District, por ejemplo, emblema de la comunidad LGTBI, y Mission, casa de la comunidad latina, donde dicen que hay muy buenos tacos.

Pero ya se acercaba la hora del vuelo y calculando tiempos de espera y de las perdidas… preferí no arriesgarme. Así que de nuevo regresé en el BART al aeropuerto pero esta vez desde Civic Center, por la calle Market Street.

Ya en el aeropuerto internacional me esperaba un avión de United Airlines rumbo al sueño asiático, con Singapur como primera parada, desde donde escribo este post 😀

4 thoughts on “San Francisco y 20 horas de escala hacia Singapur

    1. Hola!!! Muchas gracias por leerme! No sabía que tenías un blog. Me lo guardo para leerlo esta noche (de acá jejejeje) y dejarte algún comentario :D. bienvenido por acá

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