Miedo a las alturas IV: ¡¡A lo Tarzán!!

Dicen que los miedos hay que afrontarlos y por más que yo los encaro, y les pego hasta puños y patadas, siguen ahí… intactos. Esta vez, mi esfuerzo por superar el miedo a las alturas llegó hasta los árboles de la selva amazónica.

Antes de viajar a Leticia, capital de la Amazonía colombiana, ya había visto a grandes rasgos lo que se podía visitar y cometí -muy a propósito- una omisión que mi prima, por supuesto, no dejó pasar: el canopy entre plantas de más de 35 metros de altura.

Yo había intentado meter el cambiazo de aprender “artesanías indígenas” que proponían en el hostal pero no coló. Después de la insistencia de Laurita, y de que la relación precio-interés de lo otro era indefendible, obviamente tuve que ceder. Y en menos de nada, terminamos allí, caminando entre el espesor verde, hacia donde íbamos a escalar y descolgarnos por entre las ramas, a lo Tarzán.

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Rumbo al “matadero”

“Aaaayyy Dios”, pensé, una vez más (seguido del “yo pa’ qué me meto en esto”, “quién me manda ponerme a sufrir”, “pa’ que me puse a abrir mi bocota”, etc, etc, etc). Y allí cerrar los ojos no era una posibilidad: ante semejante paisaje, hubiera sido un sacrilegio. Así que pretendí, simplemente, dejarme llevar.

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La entrada de la reserva donde hicimos canopy

En la reserva Tanimboca, después de pagar un dineral por una hora de canopy (unos 60.000 pesos: 20 dólares), llegamos por fin al árbol que marcaría el inicio de esta nueva aventura. Nos armamos de arneses, cuerdas, ajustes, casco… y yo, además, de una dosis de valor que busqué donde no había, para empezar a escalar.

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Mi vista, antes del desafío

Era fácil: haciendo sentadillas pero en el aire. En menos de nada, avistaba el horizonte desde la mitad del árbol.

Estábamos tan aseguradas por todas partes que el miedo era controlable… pero los fantasmas igual atacaban: “Si este seguro se suelta y voy en caída libre, ¿será que me mato o sobrevivo?”, “No debo pensar esto ahora”, “Ya falta poco”… Infinidad de voces en mi cabeza. ¿Esquizofrenia?

Poco a poco me fui relajando y hasta disfruté el último trayecto. Al final, el canopy ni siquiera da vacío, lo difícil es lanzarse. Y el regreso, en el que hay que bajar en ángulo de 90 grados, puede hacerse lentamente con la ayuda del guía, por lo que esa sensación -mi mayor angustia- se puede evitar.

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“¡¡Suéltese mija que no le va a pasar nada!!”

Esta semana, para convencerme de ir a una cueva en Santander que termina en un abismo, mi prima usó la misma frase retadora: “Esta Vieja Que Viaja sí que es bien miedosa”… pero contrario al canopy, no bajé la guardia. Ya era too much.

¿Cómo llegar?

Desde Leticia, tomar un bus, un “tuc-tuc” (mototaxi con cabina) o un taxi  normal hacia el km 11 y pedirle al conductor que avise cuando llegue a la reserva Tanimboca.

Consejo mochilero

Los guías seguramente intentarán venderles uno de sus principales atractivos:  dormir en una casa en el árbol. Pero la opción “no aguanta” para los que viajamos con bajo presupuesto porque sacan un ojo de la cara por la nochecita a lo Robinson Crusoe.

Muy cerca de Tanimboca, a unos cinco minutos a pie, está el hostal Omshanty, donde nos quedamos, en el que cobran 15.000 pesos la noche y tiene todas las comodidades de un albergue: cocina, baño, ducha y camas con mosquitero. ¡¡Recomendable 100%!!

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