Era verdad: ¡Mompox no existe!

Al tomar la carretera hacia Mompox desde Cartagena, rodeada de guayacanes amarillos a lado y lado pensaba: el Bolívar moribundo que García Márquez recreó en El general en su laberinto tenía razón. “A veces soñamos con ella pero no existe”, decía sobre este pueblito a orillas del río Magdalena.

“A veces soñamos con ella”, decía El Libertador de esta “Tierra de Dios”, como también la llamaba. A lo mejor por parecer idílica, casi irreal. O a lo mejor porque el esplendor de una época, impulsado por el comercio entre el Caribe y el interior de Colombia, se marchitó tiempo después por sedimentación del río y cambio de curso, y por eso dejó de existir como él la imaginaba.

En fin, para poner fin a estas elucubraciones habría que preguntarle al propio “Gabo” -en el más allá- qué quiso decir con la afirmación de Bolívar. Sin embargo, me inclino por la primera hipótesis, aunque confieso que, antes de ir, ni siquiera había soñado con Mompox. Nunca me la imaginé así, sin conocerla.

(((PARÉNTESIS: Es mejor evitar las expectativas previas a un viaje porque así las sorpresas suelen ser positivas. Cuando hay sobredosis de ilusiones y no sucede lo que pretendíamos, el fiasco nos martiriza. Conclusión: Mejor no hacerse ideas y ver cómo se van dando las cosas!)))

La carretera hacia la colonial Mompox, rebosante de puntos amarillos, verdes y fucsias -que destilan, en menor medida, de otros guayacanes-, era premonitoria de la belleza de este municipio, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995.

“Por lo menos puedo dar fe de que existe la torre de Santa Bárbara, desde aquí la estoy viendo”, le dice a Bolívar su fiel asistente, José Palacios. Una muy buena referencia, porque esta es, tal vez, la más llamativa de las seis iglesias que tiene el municipio.

(((PARÉNTESIS: El recorrido por sus iglesias y las procesiones hasta la madrugada en Semana Santa son paradas obligatorias para los amantes del turismo religioso)))

Ver a la luna posando sobre esta iglesia de la calle de la Albarrada es apenas uno de los espectáculos de tranquilidad absoluta.

Por algo dicen que parece detenido en el tiempo: los días pasan entre las casas de adobe; los atardeceres acompañados por unas “frías” (cervezas) a la orilla del río; patacones, carimañolas y otros fritos en la calle; y mecedoras, desde donde luchar contra la modorra resulta una misión prácticamente imposible…

Te levantas al día siguiente pero con la mente aún en el que ya murió. Normal en Mompox, así como convivir entre sus millones de mosquitos, que aparecen exaltados cada noche por la humedad y las luces de las farolas.

Las farolas atraen enjambres enteros de mosquitos en Mompox

Es viajar hacia un limbo donde las preocupaciones no están permitidas. ¿Estrés? Visitante indeseable. Si logra entrar, tiene que ser furtivamente, porque su sombra no aparece ni en los días más soleados.

La jornada transcurre además esperando a que mermen las temperaturas. Entre tanto, hay distracción suficiente: las casonas, algunas viejas y con la pintura levantada, y otras tan cuidadas como si las hubieran erigido ayer, tienen, por momentos, las ventanas abiertas.

Las casas coloniales de Mompox. El calor hace que la gente se acueste hasta en los andenes

Se siente tanta paz cuando se mira hacia adentro, hacia esas salas gigantes y frescas (¡al fin!), y amplios y verdosos patios, que es imposible no permanecer un largo rato observando, cual voyerista en libro de Gay Talese (sin ser voyerista, aclaro!!!).

Al final, nunca se mueve una hoja en las plantas colgantes de esos jardines pero sientes como si te hubieras llenado los pulmones de oxígeno para todo el mes.

Una vez más, otro pasaje de la novela del Nobel de Literatura colombiano viene a la mente: “Eran solo tres calles paralelas al río, anchas, rectas, polvorientas, con casas de un solo piso de grandes ventanas, en las cuales prosperaron dos condes y tres marqueses”, relataba.

Aún hoy, la arquitectura entre esas tres calles conserva su esencia y se distingue de aquellas de las afueras, más sencillas y cubiertas con abrasadoras tejas de zinc. Por supuesto, es la parte colonial la que atrae a turistas, fotógrafos, cinematógrafos y hasta cantantes.

*Carlos Vives tampoco se resistió a grabar uno de sus videos a la orilla del Magdalena. En él se aprecia Mompox, aunque sus edificaciones no estaban remodeladas como ahora.

Estatuas y piedras registran las ocho visitas del Libertador por la población que apoyó la causa independentista desde el inicio. A su lado, y con los constantes saludos de quienes se conocen de vieja data, transcurre esta cita con la historia.

Interrumpida, eso sí, por aperitivos que incluyen el famoso queso capa, almojábanas cocinadas en horno de barro, y yuca o ñame con suero costeño.

¿Cómo llegar?

De algunas ciudades grandes como Bogotá, Cartagena o Santa Marta, salen buses directos. De otras como Medellín o Sincelejo, se debe ir a Magangué (si el bus no continúa hasta Mompox), luego tomar ferry a Bodega, y de ahí transporte terrestre de nuevo al pueblito.

También se puede ir en carro particular 😀

Recomendaciones adicionales

  • Llevar ropa suficiente: con tanto calor, hay que bañarse hasta tres veces al día. ¡La ropa queda sudada muy rápido!
  • Llegar temprano a los restaurantes si no quieres pasar hambre esperando, sobre todo en temporada alta. La infraestructura es relativamente baja para la cantidad de turistas en épocas como Semana Santa, vacaciones o el Festival de Jazz, que tiene lugar cada año, hacia octubre.
  • Llevar repelente (aunque los costeños no usen “porque no son cachacos”). Eso evita muuuchas rasquiñas incómodas
  • Usar bloqueador solar y sombrero, gorra, gorro, o cualquier prenda que proteja del sol

Deja un comentario