5 razones para amar el centro de Bogotá

Reconozco que he sido dura con esta ciudad por la inseguridad y las dificultades para movilizarse, pero después de un cambio y de trasladar mi rutina al centro de Bogotá, he descubierto –o re-descubierto- que tan sólo esto hace que vivir aquí valga la pena…

  • Está lleno de vida

La séptima siempre está llena, y de personas de todo tipo. Unos con saco y corbata; otros que hacen deporte o van al trabajo en bicicleta o patineta; otros que venden minutos o discos. Están además los que estudian en las universidades aledañas, y los que simplemente van por entretenerse. Raperos y hipsters, viejos y jóvenes, ricos y pobres: el centro es un gigantesco salpicón.

CarlosVives
El Carlos Vives de la séptima

Luego están los artistas de la calle: el Carlos Vives del septimazo y el Michael Jackson criollo; las carreras de cuyes; la banda de género indefinible; la adolescente que intenta imitar a Shakira con gritos mega-estridentes; el indigente que pinta la cara de Jesucristo; la familia vallenatera… también el bebé cabezón, el ‘cuchito’ que baila tango, los que juegan ajedrez… ¡Un paisaje para no aburrirse!

Y de tanto verlos día tras día, llegas hasta a extrañarlos cuando notas su ausencia. Como si hubiera una silla vacía en un cuadro de la última cena. ¡Así!

  • Estás siempre informado

“¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!”, la consigna que se escucha casi todas las semanas al abrir las ventanas de los edificios de por ahí. Que si los vendedores ambulantes, que si los recicladores, que si los estudiantes, que las personas con discapacidad contra la Teletón, que los indígenas…

La gran mayoría de las protestas llegan al centro, y cuando las sientes desde la oficina, lo primero que quieres saber es qué pasó. “¿Y ahora qué, quién es?”, la pregunta rutinaria. La respuesta, al cruzar la calle.

Indigenas
Una protesta de indígenas del Cauca, en 2015
  • Siempre hay plan

Como muchas oficinas quedan en el centro, muchos de tus amigos trabajan a pocos metros. Entonces, si antes era difícil coordinar algo por la distancia, ahora no hay excusas. Queda fácil verlos a la hora del almuerzo, en las tardes al salir de trabajar, al pasar un momentico a recoger algo, o cuando vas por un café.

Conclusión: la vida social se potencializa.

  • Se consigue de todo

Desde la medalla de la Madre Laura (la santa colombiana), hasta el cardamomo para el mal aliento. Raquetas para matar zancudos, camisetas de cualquier equipo de fútbol nacional o internacional –y sobre todo si allí juega un colombiano-, bolsas para los zapatos, carritos a control remoto, disfraces de Halloween y adornos de Navidad.

Y ni hablar de los negocios formales como, obviamente, los bancos para pagar servicios en cualquier momento, las ópticas… San Victorino y la Pajarera para comprar joyas o bisutería barata, las tiendas de forros para celulares… ¡De todo hay en la viña del Señor!

  • Arquitectura e historia

Otro de los tantos visos del centro, sin lugar a dudas, es su historia y arquitectura. Entonces, y cuando las múltiples distracciones de la calle no te entretienen, siempre puedes pasar por la esquina donde mataron a Jorge Eliécer Gaitán e imaginar aquel fatídico 9 de abril de 1948, o donde cayó Rafael Uribe Uribe, aquel 15 de octubre de 1914 (PARÉNTESIS, SIN ÁNIMO DE HACER PUBLICIDAD: La forma de las ruinas, de Juan Gabriel Vásquez, me dio una nueva mirada sobre estos sitios).

Gaitan
La séptima con Av. Jiménez, donde mataron a Gaitán

El Palacio de Justicia, con todo lo que pasó durante la toma guerrillera y retoma oficial de noviembre de 1985 (PARÉNTESIS 2: Sí, lastimosamente la violencia ha atravesado toda la historia de Colombia), la Casa del Florero, la Casa-Quinta de Bolívar…

Y luego el Museo del Oro, el Botero, la Biblioteca Nacional, la Luis Ángel Arango, la Cinemateca Distrital, el teatro Jorge Eliécer Gaitán, el Colón…tomarse un vino caliente en el Chorro de Quevedo o comerse un ajiaco en La Puerta Falsa, y los barcitos de salsa en plan informal…

Tomar fotos en la Plaza de Bolívar entre turistas, palomas y llamas, o pasear un rato entre las casas de colores de la Candelaria…

Lo reconozco… ¡me reconcilié con Bogotá!

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