Una de Western en el Desierto de la Tatacoa

Cada día me convenzo más de que Colombia es, definitivamente, una caja de sorpresas. Esta vez, lejos de montañas, playas y selvas, llegué a un destino no tan conocido pero igual de impactante: el Desierto de la Tatacoa, que con sus giros de color, bien podría ser escenario de una de Western del mismísimo Clint Eastwood.

Ubicado en el municipio de Villavieja, departamento del Huila, y lejos de las luces de la ciudad, del estrés y del ruido, el Desierto de la Tatacoa, que oscila entre el rojo y el gris,  hace volar la imaginación: en cualquier momento esperas una bola de paja, las peleas en las cantinas, los duelos pistoleros tras las puertas de vaivén o el propio silbido de tuuuuriruriruuuuuu de “El bueno, el malo y el feo“.

¡No es exagerado! Apenas vi aquel cañón agrietado de arena terracota casi en la entrada, y los cactus de las especies más variadas, pensé: valió la pena la trasnochada.

TatacoaRojo
No podría describir una mejor bienvenida

Trasnochada porque viajamos de Bogotá a Neiva, capital del Huila, en un bus nocturno que decía tardar seis horas pero que lo hizo en cuatro y media… así que llegamos a lo zombie a averiguar cómo llegar al desierto.

(PARÉNTESIS… Por las “chocheras” propias de la “vejez”, me cuesta mucho faltar a las sagradas 7 horas de sueño. Así que después de dormir por momentos en el bus y de luchar contra los párpados mega-pesados en Neiva, esperaba algo demasiado bueno para controlar el mal genio. ¡No me equivoqué!)

La decisión había sido un arranque. Yo había convencido a mis amigos de sumarnos a un tour que salía de Bogotá -para no preocuparnos buscando rutas y alojamiento-, que al final nos dejó tirados (¡a Dios gracias!). Así que fuimos a nuestra bola.

Entonces, desde el terminal de Neiva agarramos buseta hacia Villavieja y de un momento a otro, estábamos maravillados, sin comprender a conciencia cómo aparecimos allí. Muriéndonos de sueño, y sin nociones de tiempo ni de espacio. Sólo bajar-carro, pisar-suelo, montar-carpa, descargar. Jao!!!!

Campi
La -también impactante- horrografía de la entrada
Campi2
El refugio de las chicas 😀

El calor impedía echar una siesta durante el día, aunque fuera mínima. Comimos, nos armamos de energía, mucha agua y… ¡a caminar! Claro, hasta que conseguimos unas motos que nos adentraron aún más, lejos de aquellos hipnotizantes pliegues bermellón . Fuimos tramposos, lo sé, pero los guías motorizados tenían razón… la distancia era demasiada para ese sol tan violento.

MotoDesierto
“Compis” motorizados por el desierto

(PARÉNTESIS 2: Una harmónica durante el paseo en moto hubiera sido un mega-hit!!!)

De aquellos colores del comienzo, del punto llamado Cusco, cambiamos radicalmente: el gris se impuso en las dunas y llegamos a la zona de Los Hoyos. Allí, según los guías, se pueden ver en las montañas de arena las formas de animales, como suspendidas en el aire, aunque yo sólo vi una tortuga (será falta de imaginación??!).

Durante una caminata posterior con los motoristas, conocimos también el fruto del cactus “cabecinegro”, que sabe como a pitahaya y que puede salvar vidas en caso de perderse. Tuuuuuriruriruuuuuu!!!!

(PARÉNTESIS 3: No pude tomarle foto!! Mi cámara se resistía a prender por el calor. Así que había que mimarla un rato mientras se relajaba e insistir con cariño… pero sin dejar de perseguir a los guías. ¡Ni modos!)

Al finalizar la caminata, nos esperaba la tan nombrada piscina de Los Hoyos, con agua sacada de pozos subterráneos. Un sacrilegio, a mi parecer. Ninguno de estos incipientes expedicionarios se lanzó y mientras los motoristas se relajaban, nosotros saboreábamos unas cervezas heladas. Sabían a gloria.

Hoyos
La inmensidad de la aridez

Al caer la noche, dejé de recrear a forajidos y carruajes, y a John Wayne y Henry Fonda apareciendo entre cactus y chivos. Cambio de chip hacia la cuota estrellada del paseo.

Cuando el sol se esconde, y al lado de una pequeña construcción que termina en cúpula, se concentran los foráneos para escuchar al astrónomo compartir sus saberes. Es el más respetado de la “manada”. Silencio…

Telescopios gigantes se apoderan entonces del césped para permitir a quienes tal vez nunca miran para arriba, casi que tocar los cráteres de la luna. El Cinturón de Orión, Sirio, Júpiter y sus lunas, las Pléyades, las Osas… casi todas las constelaciones aparecen imponentes, al mirarlas desde la línea del Ecuador. ¡Sin palabras!

Y dicen que en Bogotá se está 2.600 metros más cerca de las estrellas… pero fue en ese desierto, que mucho antes fue mar, donde me sentí en pleno espacio sideral.

¿Cómo llegar?

Desde Bogotá, se debe tomar un bus a la ciudad de Neiva, en el departamento del Huila y después, otro más hacia el municipio de Villavieja, a unos 40 minutos de Neiva.

La ruta de Villavieja te puede dejar directamente en el desierto o si lo prefieres, puedes visitar primero el pueblito -donde hay un museo paleontológico- y luego sí agarrar otro carro o mototaxi (más barato) hacia la Tatacoa.

¿Cuánto cuesta?

El pasaje del bus Bogotá-Neiva oscila entre los 40.000 y 60.000 pesos (entre 13 y 20 dólares). El de Neiva-Villavieja está en 15.000 pesos (unos 5 USD). Ya en el desierto, acampar te cuesta 7.000 pesos por persona (2,26 USD, en el hostal Noches de Saturno, donde nosotros nos hospedamos) y si decides tomar el tour en moto que incluye la parte roja y la parte gris de la Tatacoa, te cobran más o menos 32.000 pesos por persona (incluyendo el almuerzo), lo que da unos 10 USD.

Por las tres horas de magia en la clase de astronomía piden 10.000 pesos (3 dólares) y luego está la comida de los días que decidas quedarte, que ya queda a elección de cada cual. En ese hostal, y dependiendo de la comida del día, los platos oscilaban entre 6.000 y 10.000 pesos (2-3 USD).

Conclusión: Me gasté unos 340.000 pesos (110 dólares) -redondeando por lo alto- por dos días, una noche, desde Bogotá. ¡Pagable!

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