El ‘restregón’ del transporte público en Bogotá

Transmilenio Bufalos

Cuando estamos fuera del país, a veces extrañamos la comida, la música y la amabilidad de la gente pero nunca – léase jamás- el tráfico bogotano, con restregón y “bluyineada” incluida en hora pico.

Primero, conseguir que uno de estos vehículos, atiborrado de gente, se detenga frente a nosotros y nos lleve del occidente al norte de la ciudad, a eso de las 6 o 7 de la mañana, da una satisfacción que posiblemente no se repita el resto del día. Esto, porque es un alivio que pare después de ver pasar tres con la gente pegando el cachete en el vidrio.

Una frase que mi primo pronunciaba antes de ir a clase, lo resume bien: “Ojalá una ‘vieja’ bien buena espere el bus a mi lado”. No porque él quisiera pedirle su teléfono ni mucho menos, sino porque los conductores sucumben más fácilmente a una falda y aceptan recoger más pasajeros, aunque no tengan dónde echarlos. Con esta estrategia, él aprovechaba para colarse luego de que la atractiva mujer subiera a la cabina de adelante (“privilegio” que normalmente se les niega a los hombres).

Además del ambiente dentro del bus, los pasajeros deben soportar las peleas entre los conductores por
Además del ambiente dentro del bus, los pasajeros deben soportar las peleas entre los conductores por “capturar” nuevos clientes. / Foto: masalladelomediatico.blogspot.com

Así que en medio de la zozobra por llegar a tiempo, uno va hasta de “bandera”, es decir, con el cuerpo casi por fuera del bus y agarrando fuerte la barra de la puerta de entrada, que ni siquiera cierra. Eso, cuando el conductor deja entrar por la primera puerta. Si no, toca por la de atrás. Y una vez allí, sale a relucir la única muestra de solidaridad que se pueda presentar en un bus: el billete para pagar pasa tranquilamente de mano en mano hasta el conductor y las “vueltas” (el cambio) usualmente regresan. Digo la única porque cuando se trata de ceder el puesto a personas mayores o embarazadas, uno que otro pasajero se hace el dormido para no moverse. 

A la hora de un robo, la masa también continúa inmutable. Es cuando se baja el ladrón que suenan las expresiones “es que por este sector roban mucho” y “no hay que dar papaya”. No dar papaya: el onceavo “mandamiento” que consiste en no atraer a los ladrones poniéndoles las cosas en bandeja de plata. Por eso, colombiano que se respete reserva el teléfono de las diez mil aplicaciones para espacios cerrados y una “panela” (celular viejo y gigante) para los espacios abiertos – léase visibles para los criminales-.

Sin embargo, la confirmación de que definitivamente estamos en un bus en Bogotá es la espera de la gente al frente del puesto mientras se enfría. ¿En qué otro lugar del mundo hacen una sentadilla suspendida en el aire mientras desaparece el rastro del anterior pasajero? Es puro y simple asco: los bogotanos (rolos, para el resto del país) creen que se les va a “pegar algo” en sus partes íntimas si se sientan en una silla caliente.

Escenas como esta se repiten día tras otro en el caos bogotano, con la diferencia de que rara vez, los policías paran los vehículos. / Foto: masalladelomediatico.blogspot.com
Escenas como esta se repiten día tras otro en el caos bogotano, con la diferencia de que rara vez, los policías paran los vehículos. / Foto: masalladelomediatico.blogspot.com

El bus se vuelve a llenar. Si estás sentado cerca al pasillo, tu hombro se puede calentar y no precisamente por un mito urbano como el de la silla, sino porque la persona de pie está frotando -voluntaria o involuntariamente- su “miembro” contra ti. Entonces, te acercas más de la cuenta al pasajero de la ventana para evitar el “restregón” que casualmente, coincide con la letra del reggaetón que el chofer lleva a todo volumen.

Después del episodio y de escuchar a la niña de al frente decirle al novio por teléfono “no, cuelga tú… cuelga tú primero, te dije que colgaras tú…”, te levantas antes de tu parada (cada pasajero se baja donde le conviene) para poder llegar a tiempo a la salida. Un botón encima de la puerta marcará por fin tu salvación. Sales y vuelves a tener un espacio mínimo vital. Algo de aire, aunque no sea fresco. Un respiro hasta que a eso de las 6 de la tarde (hora pico), llegue la hora de volver a casa, después de una larga jornada laboral. O hasta que compres carro propio para seguir alimentando el caótico tráfico de la ciudad.

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