La pesadilla de esperar una carta en Francia

Tic, tac, tic, tac... y nada que llega. En la foto, el reloj astronómico de Lyon
Tic, tac, tic, tac… y nada que llega. En la foto, el reloj astronómico de Lyon

Creíamos que este personaje desaparecería con la llegada del internet. Creíamos que, poco a poco, iría envejeciendo, se iría llenando de arrugas hasta quedar decrépito y quedaría sin aliento hasta morir. Sin embargo, esta crónica de una muerte anunciada, a lo García Márquez, nunca llegó a ser: Francia nunca dejó al moribundo llegar a su lecho final.

Por el contrario, lo tomó de la mano y lo motivó a seguir caminando hasta dejarlo echar raíces en otros entes tan poderosos como los bancos. La dirección postal es requisito para abrir una cuenta (normal) pero por este medio te envían también la contraseña de la tarjeta, el usuario de internet e incluso, los cheques que pides individualmente. ¿Pides cambio de clave? Hay que esperar que llegue la nueva en papel. ¿Un cheque con un monto específico? También hay que esperar a que mires tu buzón. ¿El cierre de la cuenta? Esperar. ¿Y si retiro dinero del cajero y quiero mirar mi saldo? Esperar, esperar, esperar…

Este personaje y sus raíces en los trámites importantes en Francia es una gran lección de paciencia para todo extranjero a quien la lentitud le produzca escozor.

El sistema de seguridad social también depende de él. Vas al médico, pagas y después te reembolsan pero para eso debes enviar la “hoja de cuidados” por el correo postal y nuevamente, a esperar (¡!) para que un mes después, te devuelvan el dinero. Eso, en caso de que no haya problema porque si no, te enviarán otra vez por este medio una notificación de errores y tendrás, una vez más, que recurrir a la “poste” con la esperanza casi lastimera de que la cadena interminable de correos llegue a su fin.

Entre ir y venir, carta y carta, rechazo de documentos, reenvío, intercambios postales una vez más y miles de árboles que se van en ello, la “poste” se recupera, toma aire, crece, saca músculos y nos da en la cara, sin ser por sí misma la culpable de su propia importancia.

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