Perderse en Estrasburgo, la mayor parte del año, es imposible. Aunque encantadora, esta ciudad es tan pequeña que en dos días todo está visto. Pero en Navidad, las nociones de espacio y tiempo se mezclan, como en un trance del que no querremos volver. El Mercado de Navidad de Estrasburgo te vuelve sensible, vulnerable y hasta “cursi”.
La ciudad se transforma tanto a finales de noviembre (la fecha cambia cada año), cuando empieza el Mercado de Navidad (que en realidad son varios), que ya no la reconoces. Aún así, quieres seguir al mar de gente que inunda las 250 callecitas iluminadas.
El Mercado de Navidad de Estrasburgo supera al clima
Ver a tantas personas reunidas en un espacio abierto, en Estrasburgo, es de por sí extraño, para alguien que haya pasado aquí otros meses del año. La lluvia y las temperaturas bajo cero en invierno obligan a sus habitantes a vivir encerrados por el frío, hasta que llega esta explosión de color, de olores y de sabores que motivan a enfrentar las bajas temperaturas.
Luego de ver la ciudad durante esta época comprendí a un amigo que flaqueaba tras ver a su ex después de tanto tiempo: “estaba más hermosa que nunca”, me dijo. Así, igual, es la relación con Estrasburgo, un amor-odio que te vuelve frágil porque a pesar de que siempre te vas a quejar de la temperatura, sus calles te robarán un suspiro en cada esquina y más aún si hace rato no admiras sus pequeños detalles. Más aún en esta época del año.
¡Qué ganas de sumergirse en el olor dulzón del vino caliente y de dejarse llevar por el arrullo de las galletitas o bredles! En cada uno de estos lugares hay casetas con venta de adornos para el árbol o el pesebre, bebidas, crepes, una gran variedad de foie gras y por supuesto, castañas. Y cada plaza, tiene una especialidad diferente. Hay un mercado de manjares, otro de pequeños productores, de libros… también uno de los Reyes Magos, de los niños…
Con este festín para los sentidos y la música de acordeones itinerantes que esperan una moneda en cada esquina, te vuelves vulnerable. Algo que aprovechan los comerciantes para vender sus piezas a precios exagerados, en uno de los Mercados de Navidad más famosos de Francia. Y esa vulnerabilidad, sumada a los abundantes – y contagiosos- sombreros de cigüeña (animal emblema de Alsacia), que llevan tanto turistas como nativos, son los ingredientes necesarios para saber dónde empieza el recorrido pero no dónde termina.
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