Pánico en el Oktoberfest

Estuve esperando el Oktoberfest desde que tuve mi primer contacto con una fiesta de la cerveza en Alemania. Es decir, en mayo de este año. Desde el Frühlingsfest o fiesta de primavera, hasta finales de septiembre, no dejé de pensar en el vestido, las canciones, los vasos gigantes de cerveza y sobre todo, el ambiente mágico dentro de las carpas. Hasta me aprendí las canciones en alemán, a pesar de mis míseros conocimientos en la lengua. “Heute ist so ein schöner Tag” (Hoy es un día hermoso), era un solo ejemplo que representaba para mí el embrujo de ese momento. Desde luego, no sabía lo que pasaría…

El día al fin llegó.

La travesía empezó en Estrasburgo, Francia, justo en la frontera con Alemania. Para llegar a Stuttgart, compramos con un grupo de amigos el billete de tren Baden-Wuttenberg. Es lo más barato porque se trata de un pasaje colectivo pero dura el doble que un tren normal pues hay que hacer por lo menos tres cambios para llegar a Stuttgart y la espera hace crecer la ansiedad.

A medida que nos acercamos, alemanes y turistas inundan el transporte público con trajes típicos bávaros (Drindl para las mujeres y Lederhosen para los hombres). Los cuadros para los hombres y los corsés para las mujeres simulan una regresión en el tiempo hacia las tradiciones del siglo XIX entre la frontera de Alemania y Austria. Algunos se preparan desde las 10 de la mañana con su caja de cerveza y otros tragos. Otros cantan desde ya las canciones y empiezan a afilar sus armas de conquista. Otros nos dedicamos a respirar la festividad que ronda el tren. Es el encanto del Oktoberfest, que en Stuttgart, cambia su nombre por Volkfest o fiesta del pueblo.

Comienza la odisea

Primer trauma: perdemos el tren. Consecuencia: tomar el de alta velocidad que vale unos treinta euros por una hora de viaje desde Karlsruhe hasta Stuttgart, el triple de lo que habíamos pagado… pero nada importa, lo urgente es ocupar la mesa.

Oktoberfest
Dentro de la carpa, todo es alegría…

Una vez en la carpa, ese golpe se esfuma. Empezamos a cantar y los tragos vienen y van. Pollo asado con kartoffeln. Fotos por todas partes. Miradas extrañas. OK, soy morena – pienso- y llevo un Drindl que además es chino porque los originales no bajan de 60 euros. Ah, y tampoco hablo alemán.

Sin embargo, la integración es cuestión de segundos. La carpa es una sonrisa sin fin. El alcohol, los trajes típicos, la música y los vidrios chocan una y otra vez y crean una nube de éxtasis total. Felicidad momentánea y engañosa… que se desvanecerá más allá de la línea roja que separa la carpa del resto de la feria. Y una vez habiéndola traspasado, ya no habrá marcha atrás.

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La gente cree que soy la fotógrafa del paseo, solo porque llevo una (buena) cámara

Pude haber seguido en otra carpa mientras mis otros amigos terminaban la celebración, de no ser por el hecho de que mi pasaporte, mis tarjetas, mi dinero y mi teléfono celular estaban dentro.

Guardias de seguridad: contratados para no escuchar

Después de conocer las atracciones de la feria, a petición de mi amigo que también estaba de turista, chocamos con la realidad. El ‘gorila’ de la puerta no quería dejarnos entrar. Más de diez veces le explicamos en inglés que nuestros amigos estaban con nuestras cosas. Pero no sabía inglés o lo simulaba muy bien. Al final, alguien de nuestra tabla salió a explicarle en alemán lo que había pasado pero era imposible hacerle cambiar de parecer. Teníamos que hacer la fila de dos horas para la que se preparaba la siguiente tanda de gente, la de la noche.

Decidimos hacer la fila. Adentro se escuchaba el ritmo que me sabía de memoria y que había practicado mil veces antes del esperado día. Pasó una hora. Mi amigo se fue porque iba a perder su tren y partió sin su maleta. Sigo yo sola, en medio de los disfraces. Todos hablan alemán, no entiendo nada.

Los minutos pasan y se me hacen eternos. Imaginé que todos estaban ya perdidos en el mar de alcohol y que en cualquier momento, cuando los sacaran de la carpa (es decir, el momento en que a mi me dejarían entrar), se llevarían mis cosas junto con las suyas. Sin preguntar siquiera por qué yo no estaba a su lado ni por qué nunca respondí al teléfono. Imaginé que me dejarían sin nada. Sola, con mi vestido y mi cámara. Y con un vestido roto porque la tela de calidad china no resiste ni el baile de música que no necesita movimiento.

Sola, sin documentos, sin dinero, sin manera de comunicarme porque además, no me sabía los números de memoria. Ansiedad, transpiración. Sola, en la ebriedad del ambiente e intentando cerrar mi falda. Ahí me di cuenta cómo puedes pasar de un momento a otro a no ser nada, a no ser nadie.

9 thoughts on “Pánico en el Oktoberfest

  1. jajaja ¡Ay mano! Me le pasó de todo.
    Para mí que en esos festivales la injesta de alcohol genera hoyos negros en los que se pierden muchas cosas, personas, modales 😀 Otra anécdota para contarle a los nietos y nietas.
    Muy chistoso lo de la canción infantil, es muy pegajosa y me la aprendí casi de memoria con los niños de la casa donde trabajé, la ponían cada que ponían en una grabadora que les regaló la mamá. Luego gran sorpresa descubrir que también la ponen en los festivales de cerveza y en las fiestas en general. De todas maneras le falta la experiencia original en Múnich, la próxima 😉

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