La bienvenida bogotana, llena de robos

Iba a escribir sobre la Amazonía colombiana y sus paisajes de ensueño pero me estrellé de nuevo con la realidad, al regresar a la fría Bogotá. La bienvenida, después de esos 7 días de desconexión, fue ver el bolso abierto después de bajar del bus para ir a trabajar. Angustia: tantas veces blanco de robos en esta ciudad, ya sabía lo que eso significaba.

Revisé, sin esperanza, que por casualidades de la vida, no fuera así. Que aún estuviera el celular que acababa de comprar  (quería tomar buenas fotos en el viaje cuando no pudiera llevar la cámara grande). Que siguiera dentro del bolsillo, escondido  -supuestamente para que nadie me lo quitara-, pero de nada sirvió:  ya no estaba por ningún lado.

“¡¡Mijaaa despiértese!!”, “A usted sí que le gusta dar trabajo a los ladrones, ¿no?”, “¡Pilas! parece que no supiera que aquí no hay que ‘dar papaya'”: las reacciones inmediatas. “¿Tú hablas por la calle con el celular?”: otra más, porque claro, aquí hay que usar el teléfono móvil como si fuera un fijo, es decir, nunca al aire libre porque si no, estás incitando a los “amigos de lo ajeno”. Pues no, lo peor es que usaba una chatarra para la calle y el inteligente sólo en espacios cerrados.

En fin, que siempre, sin importar qué haga, que tenga el bolso adelante, que lo agarre con fuerza, que en los tumultos revise en todo momento quién está alrededor, me lo sacan. “Antes agradezca que se lo ‘bajaron’ sin darse cuenta”, me insisten, como si fuera reconfortante. O sea, incluso debo agradecerle al ladrón que no me sacó un cuchillo o una pistola para que se lo entregara. ¡¡Pues gracias por no dejarme en “shock”!! Pero al final no sé sabe qué es peor porque cuando en menos de seis meses te pasa lo mismo dos veces, el único sentimiento que queda es decir “qué imbécil soy, definitivamente el problema soy yo”.

Claro, porque la frase tan divertida para algunos de “no dar papaya”, siempre culpabiliza a la víctima y nunca al agresor. “El vivo vive del bobo”, reza otro popular refrán en Colombia. O sea, si te roban es tu culpa porque tú lo provocaste. El problema nunca es la falta de cultura, de educación, de respeto a los derechos ajenos, de seguridad, de judicialización efectiva de estos bandidos.

Bogotá de noche, vista desde Monserrate
Bogotá de noche, vista desde Monserrate

Van más de cinco veces en los cinco años que he vivido en Bogotá -sumando períodos intermitentes-, que me roban el teléfono. Varios de estos, también acompañados de la billetera o documentos y la mayoría de veces, en buses.”¿Se durmió en el bus?”, “¿usted llevaba el bolso adelante o no?”, preguntan amigos. Otros, dentro del mismo bus, ven todo y no son capaces de mover un dedo. Sólo cuando se baja el susodicho, atinan a decir “uy, yo si vi que el tipo estaba medio raro o que la miraba mucho”. Ah, ¡esa es la otra! Encima hay que quedarse observando fijamente al que “mira mucho” para determinar si es un ladrón o un pervertido o quién sabe qué cosa… pero bueno, ese es tema aparte.

Después de un robo en un bus por la 26, otro por las Américas y otro más, a cuchillo, por la 82; luego dos más por la 85 y otro más, a cuchillo, caminando por el Parque Nacional, creo que me he convertido en una autoridad al respecto.

(“¿Pero por qué siempre a ti?” Bueno, será porque intento ser activista del transporte público, porque camino e intento conocer todos los puntos de esta ciudad y no quedarme encerrada en mi propio barrio… en fin).

Al final, después de tantas veces de haber repetido la misma escena, entiendo por qué la gente termina tomándose la justicia por su mano. Y por qué algunos ya no se dejan atracar y prefieren entregar la vida, antes que trabajar duro para terminar dándole gusto a esas “ratas”.

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