Miedo a las alturas II: en avión a Cuzco

Perder tiempo en Perú, con tantas maravillas por visitar, se convierte en un sacrilegio cuando sólo tienes 9 días para conocer el país. Ir en avión de Lima a Cuzco era entonces la opción más sensata para acercarnos a Machu Picchu, aunque significara enfrentar lo inevitable, en un país situado en plena cordillera andina: el miedo a las alturas.

Lima, desde el aire: todo "nice". Luego, el trayecto cambiaría radicalmente
Lima, desde el aire: todo “nice”. Luego, el trayecto cambiaría radicalmente

Así, el susto de las dunas gigantes en el desierto de Ica , evolucionaría al de las imponentes montañas que rodean Cuzco. Eso, sumado al destartalado avión de Peruvian Airlines, haría que la mano de mi amiga, que iba en la silla de al lado, terminara adolorida después de haberla apretado desesperadamente, cual bola-de-quitar-el-estrés-en-la-oficina, durante el tormentoso trayecto de cerca de una hora de vuelo.

Al pánico a volar que ya llega cotidianamente en cada viaje, se le sumó el dudoso estado de la máquina, a juzgar por el cuero levantado de sus sillas.

“Ay, ¡lo que me espera!”, dije internamente, a lo que respondí con una “auto-cantaleta” (regaño): “Si ve Paula, por andar buscando siempre lo más barato mire dónde se metió!!! Ya qué!! Ahora, aguántese!!!”.

Y sí, tocó tragar saliva una, dos, tres veces, porque al salir de Lima, todo tranquilo… pero después de media hora de vuelo, aparecen los majestuosos picos de las montañas cubiertos de nieve y rodeados de nubes, por lo que la turbulencia se vuelve también inminente.

Entonces, el concierto de voces se activa nuevamente en tu cabeza. El avión se zarandea entre las nubes sin saber si te chocarás de repente con una cima, pero a la vez, piensas : “no puedo creer que esté viendo esto, ¡increíble!”.

Por la ventana, sientes que vas a tocar a esos antiguos dioses incas que eran las montañas. El avión pasa muy cerca, como si las alas fueran a quedar en sus laderas. Esquivar una tras otra, y luego otra, es lo que sigue de ahí en adelante, con el corazón a mil, hasta que el piloto pronuncie las palabras mágicas: “Tripulación, prepararse para el aterrizaje”.

Ahí apenas se veían las montañas de lejos. Pronto empezarían a acercarse...
Ahí apenas se veían las montañas de lejos. Pronto empezarían a acercarse…

Cuando crees que ya se va a acabar la tensión, el avión se tira (casi literal) para aterrizar. Tanto, que le pregunto a mi amiga: “¿Esto es normal?”, porque nunca había visto a la delantera del avión inclinarse de esa manera y tan de repente. Late más fuerte el corazón, se inclina el avión y turbulencia, montañas, picos, sillas sin cuero, mano de mi amiga, oídos tapados por la altura, ojos cerrados, ruegos…

Por fin, las ruedas tocan tierra y llegamos a la antigua capital de Tahuantinsuyo, aquel territorio inca que durante el esplendor del imperio comprendía desde el sur de Colombia, pasando por Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, hasta el norte de Argentina.

Nuestro “cóndor de Los Andes”, el Peruvian Airlines, había llegado sano y salvo.

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