La depresión vietnamita llega a su fin (espero)

Después de tanto, solo pedía a la vida que me diera un descanso porque extrañaba sonreír, lo que en efecto, llegó.

Pero antes, devolvamos el casete: 28 días atrás había llegado a Hanoi para trabajar. Había reservado cama en un hotel del centro de la capital vietnamita porque allí se quedaba un amigo alemán que había conocido en Chiang Mai, Tailandia, y a quien no veía desde que pasé la frontera hacia Myanmar.

Prevenida antes de hacer la reserva, le pregunté si estaba bien porque era muy muy barato y mi horrible primera noche en Phnom Penh, Camboya, me había enseñado que era mejor huir despavorida de aquellos sitios. Como respondió afirmativamente, allá llegué en la madrugada, aunque la sorpresa fue mayúscula: por la fachada del hotel ya se intuía lo de dentro.

Apenas pude hacer check in, lo confirmé: las camas del dormitorio estaban todas pegadas, difícilmente se podía caminar y los baños… bueeeeeehhh… digamos que no eran muy higiénicos, para hacer eco de la diplomacia. Las condiciones de mi amigo no correspondían con las mías porque él estaba en un cuarto privado.

En fin, decidí omitir esa preocupación hasta cuando tuviera que regresar y mientras, me puse a averiguar sobre una documentación oficial que me habían pedido para una oferta de trabajo. En eso estaba cuando me enteré, gracias a la Embajada, que los compatriotas tenían un grupo de Whatsapp en Hanoi y en Ho Chi Minh.

Así recibí la bienvenida que necesitaba: uno de ellos acudió adonde estaba para escuchar mi retahíla de quejas (obvio, eso no cambiaría nada pero al menos podría desahogarme con alguien). Otro me invitó a su casa para explicarme cómo funcionaban las cosas, porque, según dijo, también había pasado por una situación similar al comienzo.

Desde la primera “clase” ya estaba tomando notas mentales porque estaba sedienta de comprensión. En la noche asistí a la continuación de aquella parte teórica. Como “bonus”, recibí buenas amistades y dos semanas en un apartamento para mí sola.

Con casa propia

Aparte de compartir consejos para vencer el choque cultural, mi “profe” de la noche me ofreció quedarme en el apartamento donde vivía con su novia porque se cambiaban de casa y, de todas formas, ya habían pagado hasta que se acabara el mes.

Insistieron, incluso, para que pasara esa misma noche allí. Al principio lo rechacé porque aparte de morirme de la vergüenza, tenía mis maletas en el “hueco” aquel, pero dada la comodidad de la cama frente al otro horrible lugar, me incliné por dormir como un bebé, algo que tanto necesitaba.

Las cosas ahora sí, de verdad verdad, iban a mejorar. Aparte de eso, fue gracias a ellos que empecé a trabajar, pese a que, como lo dije en la entrada anterior, terminé despedida por segunda vez en el mes.

“Contratada” a las pocas horas

Adelantemos ahora el casete. En el nuevo empleo ya me habían dado la prueba del ácido (“ha sido un placer haberte conocido…”) pero me importó cinco. ¡Al menos tenía casa propia! Y además ya me estaba acostumbrando: en Vietnam no había que darle mayor trascendencia a lo que pasara.

Te pueden sonreír y sacar a las patadas de casa (todo simultáneamente) o sonreír y echarte de un trabajo… o despedirte y llamarte a las pocas horas para que vuelvas.

Así que, esta vez, me impresionó más recibir la llamada de aquel número recurrente.

– Paula, ¿ya conseguiste otras clases a la misma hora de las mías?
– Aún no. ¿Por qué?
– Bueno, probamos a otro profesor pero definitivamente no sabe enseñar
– Hmmmmmm  (Ajá, ¿y lo de no controlar a los niños? No voy a gritarles o a pegarles solo para hacerme unos cuantos billetes)
– ¿Puedes regresar? No importa tu tono de voz…

Pues allá estuve puntual a la semana siguiente. Era lo único que tenía entonces y pagaban en efectivo, pero eso sí, antes consulté a mis consejeros de cabecera: mis nuevos amigos.

Enseñar a lo vietnamita

Básicamente, la dinámica de las clases consistía en que el profesor extranjero explicaba y hacía juegos, mientras que el local ponía disciplina y traducía lo que no entendieran. O sea, zanahoria (el foráneo) y garrote (el nacional): así es el método para enseñar inglés en Vietnam. Pero a mí no me correspondía ser el garrote. Para evitar malentendidos, lo mejor era “lavarme las manos” antes de empezar las clases. Primer consejo.

Otro asunto con el que tendría que lidiar era que las “profes” locales eran mujeres, por lo que siempre preferirían a un hombre. ¿Qué solución para esta segunda opción, si no era hacerme una operación de cambio de sexo? ¡Qué injusticia!

(((PARÉNTESIS: La misoginia de las jefas mujeres me había sacado corriendo de Colombia para venir a enfrentarme a lo mismo en Vietnam. ¡Genial!)))

Igual con estas premisas, ya tenía más velas para enfrentar el mar bravo. La clave es navegar teniendo presente que en cualquier momento la barca se puede voltear sin que eso sea extraordinario.

Sin embargo, hasta el momento lo he podido mantener a flote, al punto de que sigo enseñando en aquel primer lugar, y de trabajar en dos sitios más, cuya dinámica es completamente opuesta porque son escuelas públicas.

Pero… ¿qué pasó con el banco y el robo? ¿Necesité el TEFL para seguir enseñando? ¿En qué se diferencian las escuelas públicas de las privadas donde enseñan inglés en Vietnam? ¿Dónde vivo ahora y cómo me muevo por Hanoi?

Serán temas de otro post, aunque ya no tendrán por título aquella depresión que llegó a su fin. O al menos, eso espero.

Deja un comentario