¿Renunciar a un mal jefe y viajar? ¡Ellos lo hicieron!

Aparte de las ganas de conocer el mundo o de querer romper con la rutina, un poderoso motivo que nos hace renunciar y salir a viajar son, sin duda, los malos jefes.

Aquellos que no cumplen lo que prometen, los que llegan a un alto cargo sin tener los méritos necesarios, los que ven a sus subalternos como una competencia a la que hay que aplastar a como dé lugar -viva la envidia-… y aquellos que le hacen la vida imposible a miembros de su equipo por pura misoginia o racismo

No, definitivamente no puede valer la pena gastar la mayor parte de nuestra vida en tanta amargura e insatisfacción. Al final, y ya con la ventaja de la distancia, terminamos agradeciendo a quien no supo valorar el trabajo porque nos dio el impulso para dejar todo eso enterrado y aprovechar un presente en tierras que nunca habíamos imaginado conocer.

Como quedó atrás aquella época en que debíamos soportar décadas de infelicidad en un empleo que no se ajustaba a nuestras expectativas, ocho blogueros de viajes nos cuentan sus motivos para dejarlo todo y recorrer el mundo.


Cuando un jefe no cumple lo que promete, ¡es hora de renunciar y dedicarse a viajar!

Tshamanny, de Te Quiero Mostrar

Si no hubiese renunciado a mi trabajo creo que no habría caminado rumbo al campo base de Everest
Si no hubiese renunciado, no habría caminado rumbo al campo base de Everest

Después de haber trabajado por dos arduos años en una multinacional del sector energético, en jornadas que incluían trabajo de oficina y de campo -estas últimas las más extenuantes y en las que se le da al personal un descanso equivalente al numero de días trabajados-, llegué a un punto en el que se me estaba consumiendo la existencia.

No recibía los días libres prometidos, me tocaba trabajar como y cuando dijeran. Me disgustaba lo que hacía. Tenía dinero en mi cuenta bancaria pero no lo podía invertir en lo que me gusta: viajar. No tenía tiempo y sentía que necesitaba un cambio inmediato en mi vida.

Después de negociar con mi jefe otras condiciones, en que se me iba a dar un turno de 14 X 14, es decir, trabajando 14 días en campo y descansando por 14 días, tomé fuerzas y seguí trabajando. Pasé la Navidad del 2013 en campo para descansar los siguientes 14 días. Luego de 7 días de descanso, mi jefe me pidió reportarme en la oficina.

Cuando este incumplió lo que había prometido, pasé mi carta de renuncia. ¡Fue LA MEJOR DECISIÓN! Me llevó a tomarme un año sabático para viajar por el mundo y a cambiar mi vida por completo, en busca de alternativas para generar ingresos, incluido mi blog de viajes, lo cual me ha permitido dedicarme a hacer lo que realmente amo.


Mi jefe estaba ahí por quien conocía, no por lo que sabía hacer

Iván, de Apeadero

Puedo trabajar desde donde quiera (con conexión a Internet)
“Puedo trabajar desde donde quiera (con conexión a Internet)”
Poco después de dejar mi trabajo hace ya 5 años, leí un artículo de Alaister Low que decía que los empleados dejan a sus jefes, no a sus empresas. No podía estar más de acuerdo. De entre todos mis amigos y conocidos era el que mejor salario y beneficios tenía: horario flexible, instalaciones completísimas, al lado de la playa… pero me pusieron un jefe incompetente.
No aguanté ni 3 meses. Ni los 100 días le aguanté a alguien que estaba ahí por quien conocía y no por lo que sabía hacer. Así que tracé el plan: renunciar, empezar mi propio negocio y viajar.
Hoy, por fin, después de muchos esfuerzos, puedo decir que soy libre. No tengo que aguantar a nadie que me diga cómo y cuándo hacer las cosas. Por fin, voy a cumplir mi sueño y el mes que viene empezaré mi primera vuelta al mundo.

Alta exigencia de trabajo, sin el lado humano

Francisco, de Viajando con Fran

Francisco, de Viajando con Fran
“Mi cara dice cuánto estaba disfrutando”
Mi jefa no era mala persona, ni me trataba mal. Era muy capaz, pero no tenía habilidades interpersonales, pero nada de nada. Era una máquina de trabajar, literal. No paraba un segundo, no parecía humana. Manejaba otros códigos, muchas veces no nos podíamos entender. Hacía un chiste y a nadie le parecía gracioso, y cuando alguien hacía un chiste, ella no lo entendía.
No paraba un segundo, parecía un robot. Yo le había diagnosticado el síndrome de Asperger, como a muchos otros que para enfocarse en algo son geniales, pero les cuesta conectar con las personas.
Lo más cómico era cuando llegaba a la oficina y se le complicaba saludar. Se notaba que tenía que pensar cómo hacerlo, y ni hablar si alguien se le cruzaba en el camino. Eso generaba un clima de desconexión muy grande
Alta exigencia de trabajo pero sin el lado humano fue insostenible para mí. No me quería transformar en otro robot más, y en menos de 10 días ya había renunciado.
Fue el puntapié inicial para dejar la vida de oficina y embarcarme en el sueño de vivir viajando y ser nómada digital.

Falta de libertad y exceso de responsabilidades

Ana, de Australi-ana
Ana dejó todo en España para irse a Australia
Ana dejó todo en España para irse a Australia

Cuando llegó la hora de ir a la universidad, no tenía muy claro qué elegir. Así que como a muchas de las que amamos viajar, estudié Turismo. ¡Como si aquel título significase un pasaporte sin restricciones y mis salarios fuesen a permitirme vivir la vida loca! Nada más lejos de la realidad.

Hice las prácticas en una agencia de viajes, donde acabaron por contratarme y trabajé más de un año. Por aquel entonces tenía 20 años y he de admitir que es el trabajo más he disfrutado porque me invitaba a soñar despierta. Cada vez que llegaban las revistas de viajes, me pasaba horas ojeándolas (¡hasta me las llevaba a casa!), y mi lista de lugares por visitar crecía.

Tanta pasión le ponía a las vacaciones de los demás que me encontré trabajando de lunes a sábado, en turno partido, de 10 am a 10 pm. Y claro, el domingo no me daba para hacerme un safari en Kenia y volver…¬¬

Me dieron las llaves de la agencia y mi jefe se iba aprovechando, sin querer, e iba por el negocio cada vez menos. La falta de libertad, y aquel montón de responsabilidades que no eran mías, me hicieron renunciar.

Mi amor por conocer el mundo creció y mis ganas de encerrarme en una oficina para salvar el negocio de otros desaparecieron para siempre 🙂


Me mandaba recados con colegas e incluso recibí amenazas de muerte

Fran, de La Vida Nomade
“Estaba cansada de todo lo que me había pasado”
Fue hace un par de meses. Estaba trabajando en un barco que viajaba por Alaska, cuando se subió la nueva asistente del jefe, Toni, de Barbados.
Traté de no hacer un juicio de ella sin conocerla, a pesar de su mala reputación. Todo comenzó a los pocos días: tuve una discusión con un colega y Toni decidió cambiar su trato hacia mí. Yo había cometido un error fatal: ese colega era muy cercano a ella. Ambos eran caribeños. Aunque yo tuviera la razón, ella había decidido odiarme y hacérmelo saber.
No tenía nada que ver con mi performance vendiendo joyas ni mi trato al consumidor. Era tan ridícula su actitud que incluso me mandaba recados con colegas en vez de llamarme directamente.
Decidí quejarme con la oficina en Miami. Además, Toni hacía muchos comentarios racistas hacia latinos y judíos.
El cambio fue radical conmigo, claro que sólo era una pantalla. Cada vez que yo me daba vuelta, ella hacia algún comentario negativo. Tenía la intención de meterme en problemas, pero nunca pudo. Hasta que un día, su protegido me amenazó de muerte. Lo denuncié. Entre eso y la actitud de esta mujer desequilibrada, decidí renunciar e irme a viajar por el Sudeste Asiático.

Asfixiada en una jaula de oro

Montse, de Mexican Abroad

Montse, de Mexican Abroad
“Algunos de mis compañeros bromeaban diciendo que era mi mamá”
Hace 4 años mandé todo a volar. Lo que más me costó fue mi trabajo, y no necesariamente porque me gustara, sino por mi jefa.
Yo trabajaba para un corporativo muy importante a nivel mundial, me iba bien, pero me sentía asfixiada en una jaula de oro.
Yo llevaba una buena relación con mi jefa. Ella me aconsejaba, me guiaba y me “protegía” de otros jefes. Apostó por mi y se lo agradecí en su momento. Con el tiempo nuestra relación se deterioró.
Primero, porque su control era tanto que me sentía presionada. Conforme yo crecía profesionalmente, notaba cierto inconformismo: la iba necesitando menos y finalmente, cuando ya no aguanté más, busqué una beca para estudiar una maestría a Barcelona, que me gané.
Era mi pretexto perfecto para dejar ese “buen trabajo”, según mi familia. Cuando pedí la renuncia, la poca comunicación con mi jefa desapareció. Me dijo lo peor a lo que me podía enfrentar (con el afán de asustarme): “¿Y si te quedas sin dinero? Ya no eres responsabilidad de tus papás. ¿Y si cuando regreses no encuentras trabajo? ¿Y si te pasa algo sola por allá? ¿y si te roban, y si te enfermas? ¿estás segura?”.
Me preguntó tantas veces que hasta lo dudé, pero fue una decisión que yo había tomado mucho tiempo atrás.
Lo último que me dijo fue que estaba cometiendo el peor error de mi vida y nunca me volvió a hablar.
¿Saben cómo me fue? sus palabras se cumplieron, no encontré trabajo allá, tampoco al regreso, y pasé momentos en los que sentía que no podía pagar la renta. A pesar de eso, recorrí casi toda Europa, fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, viví momentos hermosos y me encontré “ángeles” que me dieron trabajo freelance a distancia (¡¡entre ellos el jefe de mi jefa!!).
Después de ese año recorriendo Europa, regresé a mi país, México, y a pesar de que todo lo que dijo se cumplió, ahora sigo viajando en Estados Unidos.

“Este oficio no es para espíritus libres”

Andrés, de Renunciamos y Viajamos

Andrés y Lina, de Renunciamos y Viajamos
Andrés y Lina ahora son “espíritus libres”
En 2008, Lina y yo montamos un bar de rock en nuestra ciudad. Empezando nos iba bien y veíamos en ese emprendimiento una alternativa a nuestros trabajos; yo de periodista en un diario muy reconocido, y ella de gerente de logística de una importante planta de lácteos.
Por esos días, cambié de jefe. Al mando de mi sección quedó una mujer joven que se estrenaba como editora. Me preguntó si era cierto que tenía un bar de rock y acto seguido sentenció una frase que bien pudo ser la hoja en blanco de mi carta de renuncia: “tiene que revisar sus prioridades Andrés, porque este oficio no es para espíritus libres“.
Años después le hice caso: renuncié a mi trabajo como periodista y le di prioridad a mi espíritu libre. Desde entonces, Lina y yo hemos viajado por 15 países sin fecha de regreso. Cada que vuelvo a la sala de redacción a saludar, veo a mi ex jefa, por la que siento un gran aprecio, valga decirlo, sentada en el lugar de siempre.
Converso con ella, y me cuenta que tiene un hijo al que sólo puede ver un rato cada noche, y yo le cuento las aventuras que he vivido como espíritu libre.

“Quiero ser como él”

A Lorena, su jefe la instó a viajar de la mejor manera: ¡con el ejemplo!
A Lorena, su jefe la instó a viajar de la mejor manera: ¡Con el ejemplo!

La Lorena de aquella época, convencida de la estructura predeterminada de la vida, y la Lorena de hoy, claramente no tienen nada que ver.

En esa transformación tuvo mucho que ver “El Chino”, mi jefe allá por el 2008, quien un día, durante un almuerzo, me reveló sus planes: en unos meses renunciaría, juntaría algo de ropa, su equipo de escalada y se iría a recorrer por unos meses Sudamérica.

Noticia que me dejó con la boca abierta: por un lado admiraba sus planes, pero por otro, dentro de mi cajita cuadrada donde había un solo camino al “éxito”, yo quería decirle que no lo hiciera, porque perdería todo lo que había conseguido hasta el momento.

Él llegaría a ser gerente más rápido de lo que pensaba. Pero lo había entendido todo: la vida era demasiado corta para pasar ocho horas frente a una computadora, habiendo tantos lugares para conocer.

No, no se hizo hippie y se fue a vivir en una comunidad en Córdoba. Al contrario, trabaja duro para mantener en movimiento la vida que le gusta, mientras sigue recorriendo el mundo. A eso es a lo que hoy llamo éxito.

Este personaje en mi vida (hoy es un gran amigo) había instalado un gran interrogante (“¿Cuál es la vida que quiero?”), y este tipo de preguntas te cambian para siempre.

Salí de mi cajita y empecé a pensar en torno a mis sueños. Hace unos meses, nos juntamos en California y escalamos juntos en el Parque Nacional Yosemite. Todavía no tiene idea lo que influyó en mí su amistad, aunque le digo seguido: “Quiero ser como vos, Chinito, cuando sea grande”.

¿Te ha pasado algo similar a lo vivido por estos blogueros? ¡Cuenta!

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