La depresión vietnamita (segunda parte)

Después de la echada del trabajo como profe de inglés, quedé un poco desubicada y tardé un par de días desmenuzando los hechos para evitar que me volviera a pasar.

¿Lección? La próxima vez no aceptaría un trabajo si no tenía las cosas claras desde un comienzo. Sueldo, horarios, todo. Mi error fue confiarme de las sonrisas y el “relax” que me repetían en aquella casa y no insistir lo suficiente en las condiciones.

A lo mejor la mujer esperaba que yo fuera la niñera de sus hijas aparte de “profe” de inglés y por eso me había dicho que viviera en su casa, pero eso no era lo acordado o por lo menos, no lo que me habían propuesto.

Sobra decir que el día que me echó a través de mi amiga, me quedé a comer en la pastelería porque la mujer había “cocinado para mi”. De nuevo, me tuve que tragar los restos de mi orgullo maltrecho, porque me repitieron mil veces que la señora había dedicado su tiempo a eso, y quería “despedirse como se debía”.

No hay nada que odie más que la hipocresía y las mentiras, pero como dicen en Colombia, “al que no quiere sopa se le dan dos tazas”. En ese caso, se me había reservado la olla entera.

Después de ese momento incómodo, pasé unos días en casa de la amiga vietnamita de mi familia, para subir por tierra, como había previsto antes de conocer a la mujer de la pastelería. Entonces, llegué a Dalat, una ciudad de ensueño, donde me recuperé del mal trago que había significado ese primer contacto con Vietnam.

#Dalat, mon #amour 😍

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El lugar me enamoró tanto que aunque pasé allí una semana entera, me arrepentí de haberme ido tan pronto. Era la mejor decisión que podía haber tomado justo en aquel instante: el frío del lugar contrastaba con la calurosa bienvenida de un hostal maravilloso, donde por 5 USD te daban desayuno y comida abundante, aparte de la noche en cuarto compartido.

Me recuperé gracias a la atención de los dueños de aquel alojamiento (un negocio familiar), y a mis nuevos amigos viajeros, quienes también habían reservado por una sola noche, y se terminaron quedando una semana o más.

Flores, cascadas, comida deliciosa, sitios muy especiales… Dalat se había robado mi corazón. No obstante, debía seguir subiendo porque mi idea era instalarme en Hanoi – donde muchos viajeros decían que el trabajo era abundante- y ejercer (había tramitado la visa de negocios por si las moscas, así que legalmente, era posible).

Pero moría por ir al mar de nuevo, antes de llegar al caos de la capital. Por ello, hice una “parada técnica” en Quy Nhon, una ciudad de playa que me había recomendado un amigo alemán en Dalat. Él me había aconsejado saltarme Nha Trang, un lugar mucho más turístico, famoso por sus playas de arena blanca. ¿La razón? Era destino masivo de turistas rusos y chinos y por tanto, de auténtico tendría poco.

Pues buscando la experiencia local, como siempre, le obedecí y me aparecí por Quy Nhon. Al día siguiente, estaba muy puntual para mi cita con el agua salada.

El fiasco de la “experiencia local”

De nuevo me estrellé con la realidad. Esa mañana, me encontré con la arena desierta, lo cual, en otro lugar del mundo podría haber sido maravilloso.

En este caso, la playa estaba vacía, aunque los vietnamitas aguardaban en el malecón de enfrente, a la sombra. Observaban a los únicos que se permitían tomar unos minutos de aquel sol poderoso. O sea, a los pocos extranjeros, entre los que estaba este pechito. Todos nos miraban. Éramos una atracción de circo.

Esta es la historia de un fallido día de #playa en #Vietnam : Salí esta mañana super contenta en Quy Nhon (porque ver el #mar siempre me pone #feliz). Arena limpia, fina, y aunque el agua no era cristalina, me quise meter ahí mismo. Busqué una sombrita para leer un rato mientras bajaba lo que me acababa de comer. Entonces, cuando me quise meter, miré alrededor: ni un alma!!! En la arena, claro, porque al lado estaba el malecón, donde había sombra, y estaba lleno de vietnamitas, que miraban a los pocos "occidentales" a quienes se les ocurría ir a esas horas (y ligeros de ropa). Por supuesto, no me sentía cómoda como para ir en #bikini hasta el agua. Regresé al hostal y me dijeron que a las 4pm iba la gente a bañarse. Pregunté si iban en bikini y me dijeron que sí. Volví y la mayoría eran hombres. Las pocas mujeres se metían con ropa y como no quise mojar lo que llevaba puesto, me quedé "vestida y alborotada", mirando la 🏖 desde la bardita😣

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Estudiando la situación y teniendo en cuenta que la mayoría de mirones eran hombres, no sentí el ambiente apto como para nadar en bikini. Regresé frustrada al hostal, aunque allí me dijeron que la hora del baño era a las 5 pm, porque los vietnamitas le huyen al sol.

En efecto, cuando regresé a esa hora, la playa estaba llena, sí. ¡¡¡Pero llena de hombres!!! No había casi mujeres nadando y las pocas que realizaban semejante “atrevimiento”, se metían vestidas. Tenía, una vez más, los ojos locales encima.

No eran miradas amables. Eran miradas de… “no perdamos de vista a la extranjera porque esas se desnudan en cualquier momento”. Claro, podía haberme metido con ropa también, pero como tenía la idea de irme al siguiente día, no quería tenerla totalmente empapada.

Nuevamente, volví al hostal frustrada.

Regreso con hombres

Nueva jornada, aunque ahora estaba escoltada por dos argentinos que llegaron al dormitorio. Me sentía más segura, aunque los cientos de ojos no se distraían. Decidí entrar al mar cubierta por mi pareo-bandera de Brasil.

Después de nadar y jugar voleibol un rato, salí del agua. Todo el santo mundo me miraba y se reía porque el trapo se me pegaba (al parecer nunca habían visto el cuerpo de una mujer).

Nuevamente, estaba perdida, confundida, desconcertada: ¿En Vietnam había que cubrirse como si se tratara de un país musulmán? ¿Los hombres se podían meter sin camiseta pero las mujeres debían taparse?

Ir con hombres a la playa no había servido de mucho. Desde esa experiencia, rectifiqué mis críticas hacia las playas ultra turísticas, donde no se puede ni caminar ni nadar porque te tropiezas con alguien. Al menos, allí estás libre de aquellas miradas lascivas.

(La historia continúa en la próxima entrada)

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