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Me llamo Paula, y era periodista en Colombia, con más de 6 años de experiencia en grandes medios, cuando renuncié, vendí lo que tenía, y me fui sola por el mundo.

Tuve experiencias espectaculares y otras no tanto, y aquí intento contártelas de la manera más honesta.

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¿Son ciertos los estereotipos de los chinos? (¡SORPRESA!)

Tenía miedo de ir a China. Me daba pánico seguir peleando sola en países tan opuestos a nuestra cultura, después de lo que viví en Vietnam. Sobre todo porque los estereotipos de los chinos se resumían en la siguiente frase: «Si la pasaste mal en Vietnam, los chinos son peores«.

La idea entre los extranjeros que conocí en Hanoi (lee más abajo mi historia) era que los chinos respetaban aún menos el poder de la palabra, las promesas y los contratos: «Venden hasta a la mamá», solía escuchar.

Eran escandalosos, maleducados, sucios, andaban en masa a todas partes, y si te los encontrabas en soledad, caerías como Mufasa en el clásico de nuestra generación, el famosísimo Rey León. Es decir, morirías en la estampida.

Esas, aclaro, eran las frecuentes advertencias (nunca lo que yo pensaba porque, al fin y al cabo, nunca antes había estado en China). En fin, estereotipos de los chinos al 100%.

Si llegas a este blog por primera vez, te pongo en contexto: entre 2017 y 2018 viví en Vietnam y trabajé en Hanoi como profesora de inglés.

Había pasado más de seis meses viajando sola por el sudeste asiático al comienzo del viaje, sosteniéndome con ahorros y haciendo voluntariados, pero el dinero ya se acababa y yo aún no quería volver a mi país.

Me ofrecieron este trabajo legal en Vietnam, por lo que acepté… Pero la empresa resultó tener una actitud mafiosa. Toda la novela la conté en este blog, y en las siguientes historias de Instagram.

Los esterotipos de los chinos entre asiáticos

Ni qué decir de los esterotipos de los chinos que tienen otros asiáticos. Los vietnamitas se ofenden si les dices que se parecen a los chinos (pese a que también celebran el Año Nuevo Lunar y tienen algunas costumbres similares).

En Laos, y en temporada mega alta por la fecha antes citada, los locales se quejaban de la «invasión» del norte que llegaba por esa época (pese a recibir buen dinero del turismo chino). Igualmente en Tailandia, en Camboya… y en Hong Kong, ¡ni se diga! Aunque dada toda la historia de esa Región Administrativa Especial y su pasado colonial británico, era algo más comprensible.

En Mongolia, cuando un amigo mexicano quiso practicar chino con un mongol que conocía la lengua, otros locales le rogaron prudentemente que no hablara ese idioma en Ulan Bator, si no quería recibir malos tratos. Obviamente, a causa de los esterotipos de los chinos.

Vamos, que prácticamente en ningún lugar de Asia había escuchado nada bueno. Nada es nada. Todos odian a los chinos. ¿Y ellos a quiénes odian? Pues a los japoneses.

Y así, en el transcurso de ese año y medio que pasé sola en Asia fui descubriendo una seguidilla de odios internos que, por supuesto, no había aparecido de la nada.

Estaba motivada por la turbulenta historia de invasiones y guerras en Asia cuyas consecuencias no se podían borrar de tajo. Aparte, claro, de la todopoderosa economía china, con tentáculos en todas partes, y los consecuentes celos de los negocios locales, que se sentían desplazados de alguna forma por ellos.

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«Bienvenida a China»

Crucé a China desde Hanoi. Apenas obtuve la visa, y recuperé los diplomas que mi empleador vietnamita pretendía robarme, pasé la frontera. Los estereotipos de los chinos quedaron borrados de mi mente.

No lo creía. Habían sido ocho meses de pesadilla. ¿Salir de Vietnam? ¿Definitivamente? Necesitaba pellizcarme para creérmelo. De alguna manera, ese país me hacía sentir hundida en un pozo sin fondo. Como en esas pesadillas en que intentas gritar para que alguien te salve, pero no te sale voz. Así era el sentimiento durante esos 8 meses previos a cruzar la frontera china.

Había luchado y finalmente ganado, pero nunca me sentí totalmente victoriosa. ¿Por qué? Simple y llanamente porque en pasadas ocasiones había creído que la depresión vietnamita había llegado a su fin, pero esta no terminaba del todo.

En Vietnam, ese estado de tensión absoluta nunca desaparecía. La marea bajaba por momentos pero repentinamente volvía a subir. No podía relajarme. Debía permanecer con las botas puestas y lista para pelear.

Afortunadamente, tenía unos pocos amigos vietnamitas que contaban como por cien, que me aligeraron la carga. Con ellos (ya saben quiénes son), siempre estaré profundamente agradecida.

Pero volvamos al paso de frontera, adonde había llegado en bus desde Hanoi.

Por alguna razón, imaginé que no me dejarían pasar. Era la angustia que me provocaba Vietnam, sumada al hecho de tener un pasaporte colombiano.

Cuando el oficial consultó mi nacionalidad, no para preguntarme si llevaba drogas sino para decirle a la máquina que me hablara en español, respiré profundo. «Bienvenida a China», balbuceó la voz robotizada.

Casi se me salen las lágrimas. Me dieron ganas de tirar las maletas al piso, arrodillarme y besar el suelo.

Quería abrazar a los desconocidos que me rodeaban, compañeros de bus, pero me contuve: en Asia hay que mantener las distancias porque el contacto físico es prácticamente un tabú, y eso ya lo tenía bien interiorizado.

Pero… ¡Qué importaba que no tuviera con quién celebrar! Estaba al fin fuera del que actualmente era solo un mal recuerdo.

Mi ruta por China

Antes de contarte otros estereotipos de los chinos muy comunes, pero que no son ciertos (o no tan terribles como imaginaba), quiero decirte todas las paradas que hice en mi ruta de un mes por China:

Entré por Nanning, pero allí pasé solo unas horas, para tomar un bus hacia Guilin (sur de China). Después de Guilin, fui a un espectacular pueblo entre las montañas, llamado Xingping (Yangshuo).

Por cierto, si pasas por ahí, sería un pecado ignorar esos paisajes de otro mundo. Y más con los siguientes tours en español, con los que no sufrirás por el idioma:

Mi siguiente parada fue Zhangjiajie (el parque en que se inspiró James Cameron para hacer Avatar 1), luego Fenghuang, otro pueblito de película (para algunos, el más hermoso de toda China), Chengdu (tierra de los pandas), Xian (Guerreros de Terracota), y finalmente, la increíble Beijing.

Ah, bueno, mi última parada en territorio chino realmente fue Erlian, desde donde tramité la visa a Mongolia en un día, porque mi intención era hacer la ruta del transmongoliano, pero al revés.

Es decir, no de Europa a Asia, como hace la mayoría de viajeros, sino en sentido contrario.

Si quieres hacer ese recorrido, no te pierdas este otro post del transiberiano, para que gastes apenas 250 USD en transporte.

Zhangjiajie es conocido también como el Parque de Avatar
Así es Zhangjiajie y sus increíbles montañas rocosas verticales. FOTO: Robynne Hu en Unsplash

Otros estereotipos de los chinos

Otra advertencia que me habían hecho infinidad de veces era que apenas cruzara frontera, no iba a poder respirar.

Contaminación excesiva

La contaminación era tal, que definitivamente no podría caminar sin mascarilla. Es decir, sería aún peor que Hanoi, donde era difícil observar el cielo azul por la capa de contaminación que cubría la ciudad.

En mi mente, cuando me hacían este millón de comentarios, pensaba: «Después de Vietnam, resisto lo que sea». Era mi mantra, mi oración: «Después de esto, resisto lo que sea».

Y recordé cuando, antes de iniciar este viaje sin tiquete de regreso, cómo tanta gente me decía que me iba a pasar de todo, cuando nunca habían pisado esos territorios ni viajado en solitario.

Así mismo, los  estereotipos de los chinos también venían de quienes nunca se habían atrevido a conocer semejante país.

«Después de esto, resisto lo que sea», repetía y repetía.

¿Malos tratos, contaminación? Todo lo podría superar porque, de hecho, Vietnam me hizo poderosa. Ese callo quedó, creo, para el resto de mi vida. «Después de esto, resisto lo que sea», recuerdo ahora, meses después de haber cerrado aquel episodio.

Lo cierto es que en aquel entonces, no fue grave para mi porque en Hanoi siempre debía usar el tapabocas. Y creo que tú, que me lees en este momento y has superado una pandemia, también podrías sobrevivir con él, mientras visitas el gigante asiático.

Estafas a diestra y siniestra

Apenas me bajé del bus en Nanning, sur de China, corrí a comprar una SIM local, porque en esos países no hablaban mucho inglés y China no sería la excepción. Los traductores me habían salvado la vida hasta el momento, junto con una gran sonrisa y una capacidad histriónica que disfruto explotar.

¿Debía comprar sin más en las tiendas? ¿Me estafarían inmediatamente al ver que no hablaba chino? Porque esa era otra advertencia más de la gente que nunca había ido a China pero que opinaba sobre mi viaje.

¿Primera compra (o intento de compra)? Una simcard.

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Entré a una tienda de teléfonos celulares, y pregunté por una SIM. La persona encargada me recibió muy amablemente, aunque no hablaba inglés. Con su traductor me dijo que no podían vendérselas a extranjeros. Simplemente no estaban autorizados.

Le pregunté entonces cómo llegar a otra estación de buses para finalmente descansar en Guilin, mi primer destino formal en China (y donde tenía reservado mi primer hospedaje).

Me lo indicó, entre traductores y señas. Debía tomar metro y luego, caminar unos pasos.

«¿Cómo se dice ‘metro’ en chino?», pregunté. Me enseñó.

Cuando ya salía a caminar de nuevo, insistió: «¡Bienvenida a China!». Segunda vez que me lo decían en el mismo día. ¡Wow!

No me estafaron ni me cobraron de más en ninguna compra que hice en China en ese mes. Escuché, sí, que debía tener cuidado en grandes ciudades como Pekín y Shanghai. Por ejemplo, en cuanto a la estafa del té: consiste en que una persona muy amable te habla en la calle, terminan yendo todos a una tienda de té y cuando vas a pagar, te cobran un dineral.

Pero insisto nuevamente: nunca me pasó.

Tal vez, también, porque hice amigos locales que fueron unos ángeles. Por ejemplo, una chica que conocí en Xingping, viajera dura y también sola, quien de un momento a otro me empezó a llamar «hermana». ¡Tenía una hermana en China, y no sabía, como lo conté en este post!

Hacer amigos locales me ayudó a guiarme y entender cómo funcionaba todo en aquel otro mundo, tan diferente a mi natal Colombia.

Guilin, una ciudad hermosa en China
Mi primera gran ciudad en China, donde paré varios días, fue Guilin / FOTO: Sergio Li en Unsplash

Verde que te quiero verde

El viaje por tierra desde Nanning a Guilin me convenció de que, en efecto, una cosa era lo que decían quienes no habían ido, y otra, la realidad. Tenía mi máscara preparada pero lo cierto era que hacía rato no veía tantos paisajes verdes.

China era muy grande como para reducir todo a la contaminación de Pekín. Inmensa, para meter a los mil millones de habitantes en esa bolsa de estereotipos de los chinos.

Al llegar a Guilin y ver su paz, sus templos, sus alrededores y sus montañas de otro planeta, confirmé que, en efecto, había tomado la mejor decisión.

Ya lo intuía desde el principio: conocer China por tierra, la China profunda, sería una sorpresa.

Positiva, afortunadamente, para mi tranquilidad.

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estereotipos de los chinos

2 comentarios

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  • Felicidades por tus experiencias y gracias por compartir!!! haré la entrada a Asia via Rusia a traves del transiveriano. Tienes idea si puedo sacar la visa a Mongolia en alguna cd rusa cercana? Ya q en Mexico no hay embajada. Saludos y adelante!!!

    • Hola! Muchas gracias por escribir. Claro que sí, en Irkutsk hay consulado de Mongolia e igualmente en Ulan Ude, la ciudad rusa inmediatamente antes de cruzar la frontera. No estoy segura si existe la misma opción que en China, que te la dan el mismo día justo en la frontera, pero calcula mínimo unos tres días de trámite por si las moscas. Un saludo y buenas rutas!!

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